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Periodismo electrónico

Ejercicio: géneros en la web

Ejercicio: géneros en la web

A partir de este texto de una entrevista a Ricardo Darín (actor, "El Secreto de tus ojos" es su última película) , crea una entrevista hipertextual, interactiva y multimedial. Agrega los elementos que creas necesarios para lograrlo. Titula.

Digamos que en "El secreto..." trabajó con personajes simpáticos en una película oscura...

Sí: es su estilo. La vida se parece bastante a eso. Sobre todo cuando imaginamos cómo funcionan los personajes acostumbrados a las rutinas de un juzgado, de un departamento de policía. Uno supone que, por estar contacto con la realidad más cruda, carecen de humor. Y no: como en los hospitales, suele ocurrir todo lo contrario. El humor es fundamental para surfear las olas más bravas.

Alguna vez te escuché decir que la diferencia entre un abogado y un vampiro es que el vampiro te suelta cuando ya no te queda sangre. ¿Cómo fue tu aproximación a un empleado judicial?

Lo de los vampiros es un chiste que les hago a mis amigos abogados, para ganarme el odio. En lo demás, trato de imaginarme a los personajes, más que a investigarlos. Soy bastante caótico como intérprete, muy poco rígido. Acá, al margen del humor que mencionaba recién, sabía que Expósito no tenía muchos motivos para reír, salvo por un par de aciertos sentimentales.

El espectador no tiene experiencia con la dupla Campanella-Darín en un thriller. A vos, durante el rodaje, ¿se te pasó por la cabeza algo de "Nueve reinas", "El aura" o "La señal"?

Primero quiero decirte que en El secreto... Juan tuvo la habilidad de navegar entre géneros sin dejarse seducir por ninguno y, a la vez, de mantener su impronta. En cuanto a mí, no pensé en otras películas. Pero también es cierto que a veces existen influencias involuntarias, inconscientes. Recién te hablé del tema de la sonrisa. En Nueve reinas, con Fabián (Bielinsky) teníamos claro que mi personaje no tenía que reír jamás. Queríamos despegarnos de la imagen simpática que yo tenía en televisión, por Mi cuñado. No lo logramos, porque a los espectadores les cayó simpático mi estafador de Nueve reinas... Debe tratarse de un fenómeno argentino.

Tu personaje tiene muchas escenas con Sandoval, un compañero de trabajo, interpretado por Guillermo Francella. ¿Te parece que Francella por fin logró el personaje distinto que tanto deseaba hacer en cine?

Lo de Guillermo es un ejemplo. Si su deseo es abrirse camino en otros géneros y colores que los que transitó siempre, lo acompaño y le deseo lo mejor: por su humildad, por su sencillez, por su apertura. A lo mejor cometo infidencia, seguro que la cometo, pero quiero remarcar su humildad. Me decía: Richard, si ves algo decime.... Pensá que es un tipo que hizo mucha TV, teatro y cine, que tiene mucho oficio, que sabe cómo clavar un gol de media cancha. Y sin embargo, acá renunció a esa pegada para buscar otras. Es muy lindo ver a alguien con tanto kilometraje arrancando un camino con humildad.

Cuando un actor triunfa en comedias televisivas y se convierte en mediático, vos solés ser el ejemplo de que se puede salir de ese círculo y apuntar a otros géneros y a otros riesgos...

Pero a veces el medio no te deja: te absorbe con propuestas del mismo color. Lo importante es no tener miedo. El cambio no sólo te abre posibilidades: te permite divertirte más. La única capacidad que me reconozco es la de saltar de una rama a otra. Soy un buen mono; no me quedo quieto en un lugar: no me gusta la comodidad, nunca es creativa. Puede ser calentita; jamás creativa.

¿Nunca te pesa tu imagen de tipo abierto, afable? No deja de ser un estigma y, como tal, puede ser una carga.

No, no sólo no me pesa: no conozco otra forma de ser. Soy así desde que tengo uso de razón. Hubo, sí, una época en que ese rasgo estaba exacerbado. Cuando era chico sentía que era el responsable del estado de ánimo del grupo. Y eso no estaba bien, implicaba un esfuerzo. Muchas veces me pasaban cosas y las escondía. Si me quedaba un poco callado en una salida, todos me preguntaban si estaba enfermo. Existe un juego de roles sociales: a veces los adoptamos; otras, los heredamos. No sé quién me asignó el de hacerme cargo de que mis amigos la pasaran bien. Hasta que me agoté. E hice terapia. Hay un momento de la vida en que tenés ganas de ser vos el que pudra todo, el que patee el tablero, el que sea intempestivo, violento, irracional.

¿Y entonces?

Al intentar ser así me fue y la pasé muy mal: me di cuenta de que me alejaba de mi eje. Ahora no me esfuerzo: si algo no me cae bien lo digo. Tal vez me estoy poniendo viejo: digo lo que me pasa por la cabeza, casi sin censura. Mi mujer siempre me dice: Los demás creen que sos tan divino, tan bueno, tan amoroso porque muchas veces hablás con ironía. No te escuchan, le prestan atención al tono...

En noviembre, cuando te asaltaron en tu casa, te recuerdo rodeado por movileros a los que les respondías con evidente ironía. ¿Cómo te sentís en relación al periodismo?

Aquella vez sentí que trataban de que dijera, en caliente, que a los que roban hay que matarlos a todos. Y yo no pienso así. Me parecen terribles las injusticias sociales que propician muchos robos. En cuanto al periodismo, creo que a veces me han alabado en exceso, inmerecidamente, y a veces me han denostado y humillado, también injustamente. Hablo de empresas mediáticas que lucran con la intimidad. Entre ambos extremos, uno aprende a distinguir, apenas las conoce, a las personas con ética. En resumen, trato de no ofender y de que no me ofendan, aunque a veces no lo consigo. Pero no soy rencoroso, porque me absorbería demasiada energía.

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